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A l tratar de los conocimientos o cultura general de Colón, tan discutida por una y otra parte, en pro y en contra, hay que confesar que por igual yerran los que lo califican de ignorante repetidor de la ciencia ajena, como los que lo ensalzan como sabio. No fue ni lo uno ni lo otro, pero tuvo indudablemente de sabio más de lo que muchos imaginan. Puede dudarse de cuanto se afirma sobre sus estudios en la Universidad de Pavía. Para ser un técnico profesional o especializado le faltaba no poco. De su correspondencia directa, científica, de altos vuelos cosmográficos con el sabio florentino Paulo del Pozzo Toscanelli, no se tienen ni medianas pruebas. Si fue de veras algo, fue lo que de sí mismo confiesa, un sabidor en fechos de mar , esto es, un hombre práctico que contrastó y perfeccionó sus conocimientos teóricos con los más de veintitrés años de mar que el propio afirma que estuvo en ella. Su erudición tampoco fue muy extensa. Aunque le fuesen familiares las Imagini (después Pío II) y los relatos más o menos exagerados de Marco Polo, además de algunos libros más, después de la Biblia , no es este bagaje científico, sino su genio, su certera observación de los hombres y de las cosas y su voluntad diamantina lo que plasmó en él al hombre extraordinario que sería género de injusticia muy grave no querer reconocer.
Una de las falsedades asestadas contra Colón fue atribuirle el orgullo de la omnisciencia. En realidad, Colón no pensaba tan alto de su propia cultura. En su Carta-misiva escrita a la nodriza del Príncipe Don Juan, cuando venía preso de las Indias, le dice: «Bien que yo sepa poco, no sé quien me tenga por tan torpe que yo non conozca que aunque las Indias fuesen mías yo no me pudiera sostener sin ayuda de Príncipe» .
Colón era, desde luego, un hombre más instruído de lo que generalmente se supone. La lengua latina era de las que mejor sabía. Esto da a entender no sólo las muchas citas de obras escritas en latín por él consultadas, sino las varias traducciones que hizo de pasajes que más le impresionaron a lo largo de sus lecturas.
Así, en el Libro de las Profecías , traduce muy garbosamente aquellos versos del acto segundo de la Medea , de Séneca, alusivos al Nuevo Mundo: Venient annis sæcula seris, etc.
De la obra de Pedro d'Ailly (1396), De quantitate terræ habitabilis , copia y traduce casi literalmente un pasaje sobre la existencia de las antípodas, en una carta que enderezó a la Reina Católica, hacia mediados de octubre de 1498, según opinión de Humboldt.
Sobre la cultura de Colón planea también el misterio. ¿Tuvo estudios académicos? ¿Cuáles fueron sus maestros? Nadie sabría responder satisfactoriamente a estas preguntas. Si los tuvo, como los que patrocinan que fue alumno de la Universidad de Pavía, ¿cómo se explican los documentos genoveses que nos lo presentan como un artesano, dedicado toda la vida a cardador de lana o de seda o a comerciante o traficante en vinos? Si no los tuvo, no se explican de manera satisfactoria sus profundos conocimientos en Matemáticas, en Geografía, en Astronomía y, sobre todo, en Náutica, que le permitiesen capitanear una escuadra por mares desconocidos hasta hallar lo que buscaba. Tampoco se explica, en esta segunda hipótesis, que pudiese mostrar en sus escritos que conocía con bastante profundidad la Biblia y las obras de los Santos Padres y que había leído a Aristóteles y a Estrabón, a Ptolomeo y a Josefo y otros autores griegos, a los árabes Averroes y Alfagrán y a los autores latinos Julio César, Séneca, Plinio y Julio Capitolino, San Isidoro de Sevilla y San Beda el Venerable, Duns Scoto y otros, además de las obras del Abad Joaquín, calabrés, del matemático Sacrobasco, del franciscano Nicolás de Lira, de Alfonso el Sabio, de Gersón, Regiomontano, Marco Polo y a otros más que cita en sus escritos.
El Cristóforo Colombo que exhiben los documentos de Génova es un analfabeto dedicado al oficio manual de cardador de lana o de seda, que para el caso es lo mismo. En cambio, el Colom Descubridor de América, no sólo se nos presenta como un marino culto y expertísimo, sino también como un gran erudito de su profesión. En primer lugar, además de muy leído en la Biblia, aparece como conocedor directo de autores griegos, latinos, árabes, castellanos y aun de otras lenguas y culturas. Cita el parecer de Aristóteles, Ptolomeo y Josefo, que escribieron en griego. En la carta que dirigió a los Reyes Católicos, relatándoles su tercer viaje, por tanto anterior a 1500, descubre su erudición clásica cuando escribe: «Yo no hallo ni jamás he hallado escriptura de latinos ni de griegos que certificadamente diga el sitio en este mundo del Paraíso terrenal» , y pocos párrafos más adelante afirma, citándolos también, que «San Isidro (Isidoro) y Beda y Strabón, y el maestro de la historia escolástica, y San Ambrosio y Scoto, y todos los santos teólogos conciertan que el Paraíso terrenal es en el Oriente» .
De los autores clásicos latinos cita, asimismo en la misma relación, a Plinio y Séneca; y de los griegos, a Ptolomeo y a Aristóteles; y a renglón seguido a San Agustín y a San Ambrosio, a Nicolás de Lira y a Francisco de Mairones, el Abad Joaquín, calabrés. Más aún llama la atencion la cita de las obras del filósofo árabe Averroes y mucho más las numerosas citas de los libros de la Biblia, en especial el Apocalipsis, que es el más difícil de todos. De alusiones a otros muchos sabios y a hechos de la historia de Oriente, Grecia y Roma están casi empedrados sus escritos.
Ahora bien: ¿es posible que quien poseía tan selecta erudición clásica y medieval, que quien escribe garbosa o por lo menos corrientemente en latín, castellano y catalán pueda identificarse con el analfabeto cardador de lana, el Cristóforo Colombo de Génova? No es posible ni viable.
Respecto de la cultura de Colón, los pareceres también pugnan entre sí, como en todo lo demás que a él se refiere, desde su nacimiento hasta su sepultura. A un tan extremado panegirista suyo como lo fue, en el siglo XIX, Roselly de Lorgues, le parece en definitiva que "no estamos en el caso de ensalzar en manera alguna la ciencia de Colón, que no era cosmógrafo, ni tuvo jamás la honra de formar parte de ninguna comisión científica, ni de pertenecer a la más insignificante academia". Pero, eso sí, añade que "sin embargo, su propia penetración, la sagacidad de sus observaciones le ponen en el caso de alcanzar grandes verdades cosmográficas y en la historia del progreso de las ciencias ha ocupado un lugar del que nadie le desposeerá jamás". Y esto, principalmente, porque, "desprovisto como estaba de instrumentos y del auxilio de los conocimientos modernos, no por esto dejaba de abordar su genio los grandes aspectos de la Naturaleza para sondear sus profundidades. No intimidaban la audacia de sus investigaciones las influencias atmosféricas, la dirección de las corrientes, la reunión de las plantas marinas, las diversas densidades de las capas acuosas, los principios de las divisiones climatéricas, su relación con la diferencia de los meridianos, aquellos secretos entonces imponentes y severos. De su contemplación de los fenómenos del mundo exterior sacaba para la ciencia adquisiciones que nadie igualó jamás. Ya que la falta de espacio nos impide exponer aquí sus grandes miras, sus atrevidos juicios acerca de la naturaleza, las conquistas de su genio en lo desconocido, que él penetraba tan osadamente, nos limitaremos a citar aquí los principales descubrimientos que más resaltan en sus escritos:
1.º– La influencia que ejerce la longitud en la declinación de la aguja imantada.
2.º– La inflexión que experimentan las líneas isotermas prosiguiendo el trazo de las curvas desde las costas occidentales de Europa hasta las orientales del Nuevo Mundo.
3.º– La gran situación del banco de fuco que flota en la cuenca del Océano Atlántico, aprisco neptuniano, donde se abrigan, preparan y forman las bandadas de peces destinados a nuestro alimento.
4.º– La dirección general de la corriente de los mares tropicales.
5.º– Las causas geológicas de la configuración del Archipiélago de las Antillas.
6.º– El entumecimiento ecuatorial que implica el achatamiento de los polos.
7.º– El equilibrio continental del Globo, que no se suponía.
Además de su descubrimiento del Nuevo Mundo, debe la Humanidad a Colón esas siete indicaciones, la menor de las cuales de seguro hubiera dado fama a toda una Academia."
En lo que no estamos conformes con Roselly de Lorgues es en suponer que "esas conquistas no eran el fruto de la ciencia adquirida, sino la recompensa de una asiduidad unida a cierta facultad de observación que le permitía comparar y comprender la razón de los fenómenos de este mundo".
Indudablemente, Colón, "estaba apoyado por la ciencia, como lo aseguran todos los sabios, de acuerdo con Humboldt", según el mismo Roselly reconoce. En lo que éste tiene razón es en afirmar que "lo que distingue a Colón de los poetas y naturalistas es que muestra la observación del naturalista, siendo poeta, y el sentimiento del poeta desplegando la sagacidad del naturalista".
El más interesante testimonio de la cultura de Colón es el que dio él mismo cuando escribió: "Todo lo que hoy se navega he andado. Tracto e conversación he tenido con gentes sabias, eclesiásticas e seglares, latinos y griegos, judíos y moros, y con muchos de otras sectas; a este mi deseo hallé a Nuestro Señor muy propicio y hube dél para ello espíritu de inteligencia.
"En la marinería me hizo abundoso, de astrología me dió lo que abastaba, y ansí de geometría y aritmética, e ingenio en el ánima y manos para dibujar esta esfera, y en ella las ciudades, ríos y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio. En este tiempo he ya visto y puesto estudio en ver todas escrituras, cosmografías, historias, crónicas y filosofía y de otras artes...
"De forma que me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable, a que era hacedero navegar de aquí a las Indias y me abrasó la voluntad para la ejecución dello, y con este fuego vine a Vuestras Altezas."
Los conocimientos astronómicos y geográficos de Colón estaban basados en las obras de Estrabón y Ptolomeo y en libros como la Imago Mundi del Cardenal Pedro d'Ailly (=Alliaco). De la ciencia española (cuya determinación de las longitudes se hacía por medio de la astronomía y se alcanzaba, en consecuencia, una perfección suma), tenía escasas noticias. Era un empírico en lo que se refería a las navegaciones y un escolástico en los problemas científicos. No es extraño, entonces, que sostuviera los errores de los grandes geógrafos de la antigüedad y afirmara, con la pasión de sus ideas fijas, que la circunferencia terrestre era un cuarto más pequeña de lo que es en realidad.
Colón calculaba que el paralelo de Lisboa tenía en torno a la tierra quince mil cuatrocientas cincuenta millas y que en el Ecuador alcanzaba a veinte mil cuatrocientas millas, o sea, treinta mil doscientos kilómetros, mientras que la medida exacta es unos cuarenta mil. En d'Ailly había aprendido que Europa y Asia ocupaban gran parte del globo y que el Océano interpuesto era de extensión limitada. La enorme longitud atribuída a la India no fue, como supuso Elter, la causa que impulsó a Colón a intentar el viaje entre España y el Oriente. La única causa, de acuerdo con la demostración de Eginitis, fue la supuesta pequeñez del Océano. El mismo Colón lo declaró en sus apostillas": "Entre los confines de España y el principio de la India el mar es limitado y navegable en pocos días" , y "la India está próxima a España" .
Estas palabras son la repetición exacta de los gruesos errores de Estrabón y Ptolomeo. Ellas constituyeron, también, como observó Almagiá, "por entero, el núcleo de su proyecto".
En la carta fechada en Jamaica, el 7 de julio de 1503, vuelve a exponer sus concepciones cosmográficas: "Tolomeo diz que la tierra más austral es el plazo primero y que no abaja más de quince grados y un tercio. E el mundo es poco: el enjuto de ello es seis partes, la séptima solamente cubierta de agua... digo que el mundo no es tan grande como dice el vulgo, y que un grado de la equinoccial está cincuenta y seis millas y dos tercios" .
La concepción de Colón es, en su totalidad, la misma que los geógrafos griegos tenían del mundo y de la proximidad de la India y las columnas de Hércules, Aristóteles, Séneca, Posidonius y Ptolomeo –al igual que Edrisi y otros repetidores, siglos después–, pensaron en la travesía del Océano para unir el Oriente y el Occidente, Colón aceptó ciego los errores de Ptolomeo sobre la extensión del Océano. La lectura de Marco Polo facilitó su proyecto haciéndole creer que Cipango, el Japón, hallábase en pleno Océano. La carta de Toscanelli confirmó estas ideas y agravó en diez grados el error de Ptolomeo en lo referente a la pequeñez del Océano y la enorme amplitud de Asia.
Su modo de pensar, en conjunto y en detalle, no podía estar más equivocado. Era un error inmenso constituido por muchos errores. Los sabios españoles, cuya ciencia astronómica y geográfica les hacía conocer el mundo en sus exactas dimensiones, no aceptaban esos viejos errores, tantas veces refutados; pero Europa entera, atrasada mil seiscientos años en conocimientos geográficos, repetía convencida las enseñanzas griegas. Colón fue el más grande defensor de estos errores... No hay que olvidar un hecho casual y a la vez extraordinario: la enorme extensión que Ptolomeo, Toscanelli y Colón daban a Asia, situaba sus costas orientales precisamente donde se encontró América.
El Descubridor no inventó, pues, una vez llegado al Nuevo Mundo, la teoría de haber alcanzado el Asia, como supusieron Vignaud y sus continuadores. Partió de Palos con la seguridad científica –basada en toda la autoridad– de que hallaría las costas de Asia donde, en efecto, realizó su inmortal Descubrimiento. Es por todo ello que Colón murió convencido de que las tierras por él descubiertas no eran las de un mundo nuevo, desconocido e insospechado, sino las que, científicamente, de acuerdo con los cálculos de Ptolomeo, debían hallarse en ese lugar. El Descubrimiento de América, estudiado en su verdadera concepción científica, no puede definirse más que en una sola frase: fue el más grande error de Ptolomeo llevado a la práctica por Cristóbal Colón.
Y si nos detenemos un instante, después de estas conclusiones, a pensar que fue Colón, no debemos considerarlo ni un iluso ni un ignorante. Colón no tenía ni las ilusiones de un loco ni la ignorancia de un analfabeto. Si hubiese sido un sabio, como los cosmógrafos españoles que conocían, en forma exactísima, desde el siglo IX, con el Fargani, las dimensiones de la tierra, no habría emprendido nunca, por imposible, su audaz travesía. Tuvo la cultura necesaria para concebir una empresa a su juicio realizable. Y por encima de los conocimientos que se adquieren en los libros tuvo dos cualidades superiores que sólo se encuentran en los hombres de excepción: una constancia maravillosa y un heroísmo sorprendente. Su fuerza de voluntad fue la de un genio y su espíritu heroico, a menudo temerario, tiene iguales, pero no superiores. Además, en su vida hay un hecho providencial y asombroso: la sorpresa de la barrera de América que no dejó perder sus naves en la inmensidad del Océano ignoto. Por estas razones, Colón sería siempre la más grande figura de la historia humana, después de otro hombre que pertenece a la historia divina.
Enrique Bayerri y Bertomeu
Historiador. Colón tal cual fué (Barcelona, 1960)
Boletín número 17 de la Asociación Cultural Cristóbal Colón
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