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Llegado el 2 de agosto de 1492, el viaje que iba a inmortalizar a Cristóbal Colón estaba a punto de iniciarse. Las tres carabelas con todos los acopios necesarios estaban preparadas en el Puerto de Palos esperando de un momento a otro zarpar hacia Cipango.
A la orilla del río, junto a las naves, estaban presentes familiares y amigos para despedirse de los hombres que habían decidido dejar el suelo de Castilla para ir en busca de lo desconocido.
El viernes 3 de Agosto de 1492, “antes de la salida del sol con media hora”, Colón dio órdenes de zarpar. Una a una las tres gráciles carabelas impulsadas por la fresca brisa matutina, emprendieron su histórico viaje; Fray Juan Pérez les dió la bendición, deseándoles un feliz viaje y despidiéndose de ellos con un "¡hasta la vuelta!".
La Pinta, La Niña y La Santa María acababan de emprender su viaje a Catay, tierras de Cipango, en demanda del Este por la derrota del Oeste.
Tras haber zarpado, las tres carabelas pusieron proa al gran Océano rumbo a las Islas Canarias, pues según la geografía de la época la latitud de Cipango coincidía con la de las Afortunadas.
El 6 de septiembre, de madrugada, las tres naves dejaron atrás el puerto de La Gomera y se lanzaron hacia lo desconocido. A partir de este momento, la gran experiencia, visión y habilidad de este joven almirante mallorquín iba a mostrarse en toda su grandeza.
Tras el largo y difícil viaje por el inmenso océano, había llegado el momento de la gran esperanza. El día 11 de octubre soplaba con fuerza el viento y la velocidad de las naves crecía. Se navegó a “Ouesudueste”. Había mucha mar, más de la que en todo el viaje habían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra. Los de La Niña también vieron otras señales de tierra, con las cuales respiraron y alegráronse todos. Anduvieron en este día, hasta puesto el sol, veintisiete leguas.
Al atardecer navegaron a su primer camino al Oeste: andarían doce millas cada hora; y hasta dos horas después de medianoche recorrerían noventa millas, algo así como veintidós leguas y media.
“El Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra, pero llamó a Pero Gutiérrez, repostero de estrados del Rey, e díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y vídola; díjole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en la armada por veedor, el cual no vido nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después que el Almirante lo dijo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir e cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que vía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil maravedis de juro a quien primero la viese”.
Por fin, dos horas después de medianoche, apareció la tierra, de la cual estarían a dos leguas.
La Pinta, que era la más velera e iba delante del Almirante halló tierra e hizo las señas que él había mandado. Soltó un tiro de lombarda y se izó la bandera. El primero que vio esta tierra fue el marinero que el Diario llama Rodrigo de Triana, pero su verdadero nombre era Juan Rodríguez Bermejo.
Habían llegado a una isla que los indígenas llamaban Guanahaní, que pertenece al archipiélago de las Bahamas o Lucayas. El Almirante Morison, en los estudios y reconocimientos de distancias y costas hechos al efecto, confirmó la conclusión de que aquélla era la actual Watling, una isla coralífera situada hacia los 24º lat. N. y los 74º 30' al W. del meridiano de Greenwich; no obstante, otros investigadores continúan aún la discusión erudita acerca de si la isla a que se llegó por primera vez era Watling o Cat Island (llamada también Isla Grande de San Salvador).
Una vez que hubieron llegado a la isla, el Almirante, después de haber ordenado echar anclas, hizo armar los botes y desembarcó con sus capitanes y otros jefes y oficiales de su flota. Iba suntuosamente vestido con su rico manto escarlata y llevaba en la mano la bandera real, mientras que Martín Alonso y Vicente Yáñez llevaban cada uno una bandera de la Cruz Verde con la F y la I coronadas a un lado y a otro de la cruz. Puestos en tierra, vieron árboles muy verdes y frutas de diversas formas, mientras la gente iba desnuda.
El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron a tierra; a Rodrigo de Escovedo, Escribano de toda la armada y a Rodrigo Sánchez de Segovia, les dijo que le diesen fe y testimonio de cómo él, por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de dicha isla, por el Rey e por la Reina, sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían. En aquel mismo momento, a esta isla que los indios llamaban Guanahani, Colón la bautizó con el nombre de Sant Salvador.
Fueron verdaderos instantes de emoción, especialmente para el Almirante, que después de tantos años de lucha y de afrontar dificultades, creía, con fe de Tomás, que sus sueños eran verdad: que por la ruta de Poniente había alcanzado el Levante.
En este acto tuvo lugar una histórica catarsis. Como un retorno del Almirante al claustro materno, a su cuna, a las tierras de pan llevar que le vieron nacer y de las cuales no pudo hablar nunca por razón de Estado.
Colón no podía llamar Terra Rubra o Alqueria Roja al Catay de sus sueños, pero sí Sant Salvador, nombre del Santuario de su madre Margarita, de sus tíos prófugos, de los marinos de Porto Colom, postrados a los pies del cerro mariano. Isla de Sant Salvador, no de El Salvador, sino “Sant Salvador”. Así llamó Colón la tierra primera que encontró en su camino a Cipango.
El monte de Sant Salvador está situado en la parte este de Felanitx, a unos 7 kilómetros de su actual núcleo urbano. Su altura es de 509 metros sobre el nivel del mar. El origen de dicha denominación es oscuro.
Por la primera década del siglo XIV ya moraban, por este contorno, ermitaños dirigidos por el P. Romeo de Burguera, que terminó sus días en 1313. La cueva que existe junto al camino, conocida con el nombre de “Sa Cova de S'ermita”, posiblemente sirvió de habitación a algunos de ellos.
Llegado el año 1348, los jurados, en unión del Castellano de Santueri, propusieron a S.M. el Rey Pedro IV de Aragón les permitiera construir en la cúspide de este monte un oratorio dedicado al Santísimo Salvador, nombre primitivo de la ermita.
Habiendo sido afirmativa la respuesta del monarca, los peticionarios empezaron las obras y, poco tiempo después, a los siete meses, el Santuario estaba concluido junto con una cisterna. El 27 de marzo de 1349 se solicitaba autorización del Diocesano para poder encargar el recién terminado edificio a un santero, vulgo “Donat”, llamado Pedro Bosch.
A comienzos del siglo XV, un pastor cuyo nombre se desconoce, encontró en una gruta situada en la falda del mismo monte en el que pastoreaba su ganado, una imagen de la Santísima Virgen, de unos 50 centímetros de altura, ennegrecida por la humedad, pero conservando una singular belleza. La sagrada efigie, después de varios traslados, fue colocada en el oratorio de la cima. Al construirse el segundo templo, en 1595, era colocada ya en un artístico altar lateral, pues era mucha la devoción que se le tenía. Según un documento fechado en 1486, tenía para entonces una gran cantidad de joyas y una corona de plata donadas a la misma. Desde su hallazgo, la imagen de la Virgen fue y ha sido siempre el de Nuestra Señora de Sant Salvador.
El 28 de octubre el Almirante fue en demanda de la isla de Cuba, la cual dice “que es aquella isla la más hermosa que ojos ayan visto, llena de muy buenos puertos y rios hondos” . “Dezian los indios que en aquella isla avia minas de oro y perlas y vido el Almirante lugar apto par ellas y almejas, qu'es señal d'ellos. Y entendía el Almirante que allí venian naos del Gran Can y grandes, y que de alli a tierra firme avia jornada de diez dias. Llamó el Almirante aquel río y puerto de Sant Salvador”.
Cuenta Las Casas que el 14 de Noviembre mientras el Almirante seguía explorando la costa de Cuba, con relación a unas islas dice que “cree que estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de Oriente se ponen. Y dijo que creía que había grandísimas riquezas y piedras preciosas y especería en ellas, y que duran muy mucho al Sur y se ensanchan a toda parte. Púsoles nombre la mar de Nuestra Señora, y al puerto que está cerca de la boca de la entrada de las dichas islas puso puerto del Príncipe” .
Mientras el Descubridor viajaba de isla en isla y de un lugar a otro, iba bautizando las islas y los diferentes lugares con nombres que él conocía, siempre en honor a alguien o en representación de algún lugar que le era conocido. Si antes había bautizado con el nombre de Sant Salvador a una isla, a un río y a un puerto, ahora acababa de bautizar a un mar, con el nombre de “Nuestra Señora”.
Obsérvese, pues, la lógica colombina: la primera isla no fue “El Salvador”, sino “Sant Salvador”. La denominación original, históricamente correcta, del Santuario de Felanitx, es “Nuestra Señora de Sant Salvador”. La primera isla y el primer mar bautizados por el Almirante, juntos, componen el nombre exacto: “Nuestra Señora de Sant Salvador”. “Mar de Nuestra Señora”, “isla de Sant Salvador”. El apasionante crucigrama de Colón tiene mucha más lógica que la que aparenta. ¿Podía, acaso, el hombre de “Terra Rubra” decir más de lo que dijo, estando en juego lo que se jugaba en aquella partida nigromántica sin situar cada carta en su baraja y las barajas en anaquel bajo rótulo: “Top secret. Razón de Estado”?
En 1493 la noticia de un descubrimiento de un Nuevo Mundo se extendió por todas partes, no solamente en España y Portugal que eran los países directamente interesados, sino por toda Europa.
El primer vocero de tan estupendas nuevas fue el propio Almirante quien de regreso del primer viaje preparó varias cartas de las que conocemos dos: la enviada a Luis de Santángel y la dirigida a Gabriel Sánchez, Tesorero de Aragón. Ambas son prácticamente iguales.
Dos fragmentos de la Carta de Colón a Luis de Santángel anunciando la llegada a las Indias y a la provincia de Catayo (China):
En un fragmento de la carta enviada por el Almirante a Luis de Santángel, fechada el 15 de febrero de 1493 podemos leer: “Señor: Porque sé que avréis plazer de la grand vitoria que nuestro Señor me ha dado en mi viaje vos escrivo ésta, por la cual sabréis cómo en treinta y tres días pasé a las Indias con la armada que los illustríssimos Rey e Reina, Nuestros Señores me dieron, donde yo fallé muy muchas islas pobladas con gente sin número, y d'ellas todas he tomado posesión por Sus Altezas con pregón y vandera real estendida, y non me fue contradicho.
A la primera que yo fallé puse nombre Sant Salvador a comemoración de su Alta Magestat, el cual maravillosamente todo esto a(n) dado; los indios la llaman Guanahaní. A la segunda puse nonbre la isla de Santa María de Concepción; a la tercera, Ferrandina; a la cuarta la Isabela; a la quinta la isla Juana, e así a cada una nonbre nuevo” .
Obsérvese que tanto en su Diario como en la carta a Santángel Colón escribió “Sant Salvador” y no “San Salvador”.
El historiador Onofre Vaquer en su obra ¿Dónde nació Cristóbal Colón? , nos cuenta que la consonante final en el grupo –nt–, ya en el siglo XV solamente era propio de Mallorca o Menorca y no de Ibiza.
Este hecho prueba como otros muchos que Cristóbal Colón era originario de Mallorca.
Gabriel Verd
Secretario General de la Asociación Cultural Cristóbal Colón
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