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Las diferentes causas que posiblemente llevaron al Gran Almirante a ocultar su origen y a oscurecer su pasado se han convertido para muchos historiadores, a lo largo de los años, en el argumento fundamental de sus trabajos. Que si fue una mujer, dicen unos, que si corsario al servicio de Renato de Anjou o quizás también judío converso, dicen otros.
Mientras Samuel Eliot Morison sostiene que ningún escritor durante los tres siglos posteriores a la muerte del Almirante afirma, ni siquiera insinúa, que fuera judío converso, otros, como Simon Wiesenthal y Nito Verdera, tratan de probarlo. Wiesenthal cuenta que, al tiempo que Colón trataba de preparar su viaje de descubrimiento, entró en contacto con los judíos, quizás con la finalidad de hallar nuevos caminos con el propósito de ayudar a sus discriminados hermanos, que se verían afectados por el inminente decreto de expulsión. Pero cuando una cosa no concuerda con la realidad, casi siempre hay algo que la contradice, como lo corrobora lo descrito en la instrucción que el Rey Fernando envió a Diego Colón, Almirante y Gobernador, desde Valladolid, a 3 de mayo de 1509:
“Yten, por quanto nos con mucho cuydado deseamos la conversion de los yndios a nuestra santa fe catolica, como arriba digo, y sy alla fuesen personas sospechosas en la fe podrian ynpedir algo a la dicha conversion, no consyntays ni deys lugar a que alla pueblen, ni vayan moros, ni herejes, ni Judios, ni rreconciliados, ni personas nuevamente convertidas a nuestra santa fe, saluo sy fueren esclauos negros o otros esclauos que hayan naçido en poder de xristianos nuestros subditos e naturales y con nuestra espresa liçençia.”
Que Colón no era de origen hebreo también lo prueba lo manifestado por él en carta a los Reyes, fechada en 1499, y en la que, refiriéndose a unas falsas acusaciones que los partidarios de Roldán le hacían, escribe:
“De todo esto me acusavan contra toda justicia, como yo dixe, y todo esto era porque Vuestras Altezas me aborreçiesen a mi y al negocio; mas no fuera así si el autor del descubrir d'ello fuera converso, porque conversos enemigos son de la prosperidad de Vuestras Altezas y de los christianos”.
Estas palabras no las podía escribir una persona que realmente tratase de ocultar su identidad por ser de ascendencia sefardita.
Una vez comprobado que el extraño proceder del Almirante no se debía a motivos de religión, veamos ahora cuáles pudieron ser las diferentes causas que motivaron guardar este hermético silencio en todo lo referente a su verdadero origen patrio o familiar. Antes de proseguir con el tema, bien vale tener en cuenta lo manifestado en Santa Fe por el propio Descubridor, al tiempo de comenzar el trato sobre las condiciones en que debía de llevarse a cabo el descubrimiento: “Pensando lo que yo era me confundía mi humildad; pero, pensando en lo que llevaba, me sentía igual a las dos coronas.”
Estas manifestaciones constituyen pistas clamorosas. Era decir que, por una parte, el Almirante se confundía en su humildad, y, por otra, que se “sentía igual a las dos coronas”.
En cuanto a lo primero, las razones hay que buscarlas en que era un hijo natural no reconocido por su padre, debido a que una serie de adversidades no le permitieron legitimarlo, pues desde el momento en que nace Colón en 1460 hasta el fin de sus días, septiembre de 1461, Don Carlos se vio privado de su libertad por orden del Rey Juan II.
De todos los hijos naturales habidos por el heredero a la Corona de Navarra y Aragón con diferentes damas, el único que no fue legitimado fue Colón. Esto fue lo que quizás más le humilló durante toda su vida.
La clave del enigma: Fernando Colón en su obra Vida del Almirante Don Cristóbal Colón nos ha dejado escrito que su padre “quiso que su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos”. Causas profundas lo debían motivar. El Almirante, hijo de padre noble y de madre plebeya, como lo expresaban en aquella época las leyes reales, no podía participar en la herencia de su progenitor. Pero como hecha la ley, hecha la trampa, mediante el procedimiento de la ocultación de sus orígenes, en Castilla se le concedieron grandes oficios reales.
Este hecho tiene precedentes: Don Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón y de Sicilia, entre 1394 y 1458, y de Nápoles desde 1442, tuvo tres hijos naturales reconocidos. Uno de ellos fue Don Fernando de Calabria, que ostentaba el título nobiliario de duque y del cual el rey jamás mencionó el nombre de su madre. Su progenitor en su testamento, el 26 de junio de1457 le nombró heredero del reino de Nápoles.
Con relación a este asunto, el profesor Manzano en su obra Cristóbal Colón, Siete años decisivos de su vida (1485-1492) , relata: “El precepto legal alfonsino prohíbe absolutamente las uniones extramatrimoniales de barraganía de... «ilustres personas» (reyes, príncipes, duques, marqueses, condes, etc.), con mujeres viles, plebeyas, tanto en el caso de que ellas mismas fueran de condición inferior como en el de que lo hubiesen sido sus ascendientes. Y la razón de semejante prohibición no es otra que la oportunidad y claramente expresa la ley: porque no sería cosa digna ni decorosa que la sangre de los nobles se mezclara con la de tan viles mujeres. Hasta tal extremo intenta la ley evitar esas uniones de nobles constituídos en elevadas dignidades con mujeres viles, que a los hijos habidos en ellas en ningún caso los considera naturales, sino espurios, es decir, como hijos habidos en «mujer»... que se da a muchos, razón por la cual no pueden participar de la herencia de los padres, ni estos, si no quieren, estan obligados a criarlos”.
También fueron causas adversas su relación y parentesco con los corsarios Guillaume de Casenove Coullon y Cristóbal Colón, hermanos de su madre Margarita, que estaban al servicio del rey Renato de Anjou, con los cuales navegó entre 1470 y 1476.
Referente a lo segundo, Colón se sentía igual a los Reyes por llevar su misma sangre en sus venas.
En 1490, la comisión que estudiaba el proyecto colombino se pronunció al respecto. Se dictaminó que no convenía a los Reyes favorecer negocio tan incierto e imposible porque perderían todo el dinero que en ello gastasen.
Don Fernando y Doña Isabel, después de conocer esta resolución, mandaron dar respuesta de un modo cortés a Colón “despidiéndole por aquella razón aunque no del todo quitándole la esperanza de tornar a la materia, cuando más desocupadas Sus Altezas se viesen”, pues a la sazón su mirada estaba puesta en la guerra de Granada.
Rechazados sus planes, no se dio por vencido, y sin pensarlo más, se dirigió hacia La Rábida, donde llegó a principios de 1491. Allí se encontró un buen día con Martín Alonso Pinzón, y tras haber mantenido ambos navegantes una larga entrevista en la que trataron el tema de los descubrimientos, el futuro Almirante pensó que el momento oportuno para relanzar las negociaciones con los monarcas había llegado.
Una noche, después de una conversación con Colón, Fray Juan Pérez envió a la corte un mensajero con una carta para Doña Isabel. Pasados quince días la Reina mandó llamar al fraile franciscano. A principios de 1492, Fray Juan Pérez fue recibido por los soberanos en Santa Fe. Allí expuso la causa del futuro Descubridor y sus diferentes puntos de vista.
Unos días después los reyes convidaron a Colón a que se presentara en dicha ciudad. Cuando llegó a Santa Fe hacía muy poco que la guerra había concluido con la conquista de Granada, el 2 de enero de 1492. Don Fernando y Doña Isabel, ya libres de sus ocupaciones militares, mantuvieron una entrevista con Cristóbal Colón. En ella, el navegante expuso nuevamente su proyecto, y posteriormente se habló de lo más importante, de las condiciones en que debió llevarse a cabo la empresa.
Vicente Blasco Ibáñez en su novela En busca del Gran Kan , cuenta que el “el rey don Fernando, que estaba acostumbrado á ocultar sus emociones como soldado y como diplomático, no pudo disimular su asombro al ir enterándose de las exigencias de este desconocido. El antiguo “hombre de la capa raída” reclamaba el título de Almirante del Océano, creado para él, con los mismos privilegios que se habían dado hasta entonces á los Almirantes de Castilla. Esto significaba pasar de un salto á ser el segundo personaje de España, colocándose por encima de casi toda la nobleza militar inferior. No satisfecho con ello, pedía ser virrey y gobernador á perpetuidad de cuantas tierras descubriese viajando hacia Occidente, libres de soberano ó que él pudiera conquistar, transmitiendo dicho gobierno á sus hijos hasta los más remotos descendientes. Encima de tales honores debían concederle el tercio, el quinto y el octavo de todas las riquezas que él ó los españoles que sirviesen á sus órdenes obtuvieran con sus “rescates” ó comercios en las tierras descubiertas”.
Antonio Rumeu de Armas asegura, sin temor a errar, que en la larga negociación sostenida por los Reyes Católicos con Cristóbal Colón se interpusieron varios escollos. Refiriéndose a uno de ellos, el historiador escribe: “El entendimiento con Colón se presentaba para los soberanos y sus consejeros como problema arduo, preñado de obstáculos poco menos que insalvables. Las desmesuradas existencias del nauta soñador, recabando como precio de su utopía, honores, cargos y privilegios estaban en abierta contradicción con la política desplegada hasta entonces para consolidar el Estado moderno y abatir el poder nobiliario”.
En abril de 1492 se redactó en la villa de Santa Fe el documento que estipulaba todas las condiciones establecidas entre el Descubridor y los reyes, y que se conoce con el nombre de “Capitulaciones de Santa Fe”.
Como muy bien refiere Salvador de Madariaga en su libro Vida del muy magnífico Señor Don Cristóbal Colón , “la primera condición que registra el documento es que sus altezas habrán de hacer “al dicho Don Cristóbal Colón su Almirante en todas las islas e tierras -firmes que por su mano o industria se descobrieran o ganaren en las dichas mares oceanas”. Colón hace constar con toda precisión los dos puntos que siempre exigió a este respecto: que se extendería la concesión a sus herederos en perpetuidad y que las preeminencias y prerrogativas de su almirantazgo serían idénticas a las del Almirante Mayor de Castilla, llegando incluso a mencionar a este Almirante Don Alonso Henríquez, uno de los más ilustres magnates de Castilla, pariente del rey Fernando”.
“La segunda condición que impone Don Quijote Colón es que ha de ser Visorrey y Gobernador General. Aquí también el descubridor andante lleva la exigencia hasta sus extremos límites, pues pide y obtiene que para el gobierno de todas y cada una de las islas que gane, tendrá derecho a proponer tres nombres para cada cargo, entre los cuales escogerán uno sus Altezas. Pasa entonces a asegurarse el décimo en todas las transacciones y después presenta una exigencia tan extraordinaria que aún el mismo Juan de Coloma pierde la ecuanimidad y no se atreve a firmar sin una reserva: Colón exige, ya personalmente, ya por sus representantes, conocer de todos los pleitos que vinieren a plantearse con motivo del comercio entre Castilla y las islas y tierras-firmes que descubriese. Este concepto de la justicia era absolutamente medieval”.
Colón pretendía trasladar a las Indias este concepto feudal de la Justicia que se iba muriendo poco a poco en Europa en beneficio de la Realeza. Tal parece como si Colón, en este punto, Corona y reino quisiera.
Como tercera y última condición, termina el documento con una estipulación concediendo a Colón el derecho a participar en un octavo, si así lo deseare, en todas las expediciones que se hicieren para las Indias, recibiendo a cambio un octavo de sus beneficios.
Una vez que las capitulaciones fueron redactadas, se firmaron en la villa de Santa Fe de la Vega de Granada, a 17 de abril de 1492.
Como hemos visto, Colón llegó a mencionar cuándo se redactaban estas capitulaciones a Don Alonso Enríquez, Almirante de Castilla.Varias pueden ser las causas que llevaron al Descubridor a hacer referencia a este magnate castellano. Una de ellas quizá fuese por ser Don Alonso, hijo bastardo de Don Enrique de Castilla y la otra por haber sido este señor quien vinculó a su familia el título de Almirante de Castilla. Don Alonso Enríquez fue el bisabuelo de Don Fernando el Católico. Aquí Colón no podía ser menos. Si don Alonso, un señor bastardo, fue galardonado con el título de Almirante de Castilla, ¿Por qué no serlo yo también? Es lo que posiblemente se preguntó el Descubridor. Su proposición se movió dentro de esta lógica y antecedentes, consiguiendo ser nombrado Almirante.
En este mencionado documento también ha quedado reflejado que los Reyes concedieron al Descubridor el título honorífico de Don.
Con relación a este asunto, el profesor Juan Manzano en su obra Cristóbal Colón, Siete años decisivos de su vida 1485-1492 relata: “El don era un título honorífico y de dignidad que antepuesto solamente al nombre, no al apellido, se otorgaba en aquella época a contadas personas, aun de las más alta nobleza. Lo usaban los reyes y los miembros de su familia, también los nobles de elevado rango y sus descendientes. Era muy codiciado en aquel tiempo, y solia concederse en casos excepcionales, para premiar eminentes servicios a la Corona”.
Federico Udina y Martorell, Catedrático de la Universidad de Barcelona, en el Congreso Internacional de Estudios Históricos “Las Islas Baleares y América”, celebrado en Palma de Mallorca en el mes de enero de 1992, en una ponencia titulada “Las Capitulaciones de Colom y el Mediterráneo” relató lo siguiente: “En Castilla no existían en aquella época los virreyes, como afirmaba Garcia Gallo, y esto era exacto pues, a pesar de que algún otro autor ha encontrado referencias de virreyes en Castilla, estas citas son esporádicas en esta época, se trata de una carta de los Reyes Católicos nombrando dos virreyes el año 1484, y otra que dice “para ser visorrey”, de 1489 en el Registro General del Sello de Simancas.
En resumen, de los tres títulos concedidos a Colón en las Capitulaciones : Almirante, Virrey y Gobernador General, aparecen en la organización castellana el primero y en la Corona de Aragón los otros dos; pues bien, remarquemos un hecho que ha pasado desapercibido para los eruditos y es que la concesión del segundo título citado va acompañado de un adjetivo, general; pues bien, si en la Corona de Castilla no aparece el cargo de «Gobernador General, sí que existe en la de Aragón, y además con un rango muy elevado, pues como dice Lalinde, el sistema de la Corona de Aragón tiene su centro en un «Gobernador General, cargo adscrito al primogénito del Rey y ejercido en defecto de aquél por el infante a quién se le suponga heredero del Reino», por lo tanto el título solicitado por Colón y concedido por los Reyes Católicos (solamente en las Capitulaciones) era de un nivel altísimo”.
Como curiosidad, cabe puntualizar que, a la sazón y conforme a las instituciones catalanas, el heredero de la Corona asumía el gobierno de Cataluña a título de Virrey. Este cargo correspondía al Príncipe de Viana, puesto que Don Alfonso V, en Nápoles, a 26 de junio de 1457, le había declarado príncipe heredero y sucesor después de su padre, de los reinos de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, Sicilia y del principado de Cataluña. Este dato nos desvela la razón por la cual Cristóbal Colón reivindicó con tanto ahínco a los reyes ser virrey de las tierras que descubriera allende el Océano, bien parece con la finalidad de igualarse en cuanto a ciertos honores y preeminencias a su padre el Príncipe de Viana.
Los Reyes confiaron la redacción de las Capitulaciones de Santa Fe al franciscano del Convento de La Rábida, Fray Juan Pérez y a Juan de Coloma nacido en la ciudad de Borja, el cual desde 1462 habia entrado al servicio de la Corona de Aragón como secretario del rey Juan II, y después de su hijo Fernando.
De este contrato de Cristóbal Colón con Don Fernando y Doña Isabel, algunos historiadores han llegado a decir que nunca se vio ni se verá otro parecido, habida cuenta de que es un tratado sobre lo desconocido, y en el que el navegante va demandando y la Corona accediendo. Y así fue con estos relevantes honores y codiciadísimos oficios, el sobrino de los Monarcas, de golpe y porrazo, fue elevado a las más altas cúspides de la grandeza castellana.
Con relación a la materia, el Padre Las Casas, en su História de las Indias refiere: “Hecho este asiento y capitulación, y concedidas estas mercedes por los Reyes Católicos en la villa de Santa Fe, de la manera dicha, entráronse Sus Altezas en la ciudad de Granada de hecho, donde suplicó a los reyes Cristóbal Colón, que Sus Altezas le mandasen dar privilegio real de las dichas mercedes que le prometían y hacían, el cual mandaron darle muy cumplido, «haciéndolo noble» y constituyéndolo su Almirante mayor de aquestas mares Océanas y visorey e gobernador perpetuo, él y sus sucesores, de las Indias, islas y tierras firmes, aquellas que de aquel viaje descubriese y de las que después por si o por su industria se hobiesen de descubrir; y diéronle facultad que él y sus sucesores se llamasen Don, y de los susodichos títulos usase luego que hobiese hecho el dicho descubrimiento, sobre lo cual mandaron poner la cláusula siguiente:
«Por cuanto vos, Cristóbal Colón, vades por nuestro mandado a descubrir e ganar, con ciertas fustas nuestras, ciertas islas e tierra firme en el mar Océano, etc; es nuestra merced y voluntad, que desque las hayáis descubierto e ganado, etc., vos intituléis e llaméis Almirante, visorrey e gobernador dellas, etcétera» . De todo lo cual se le dió un muy cumplido privilegio real, escrito en pergamino, firmado del rey e de la reina, con su sello de plomo pendiente firmado del rey e de la reina, con su sello de plomo pendiente de cuerda de seda de colores, con todas las fuerzas y firmezas y favores que por aquellos tiempos se usaban; al cual privilegio antepusieron un muy notable y cristiano prólogo, como de reyes justos y católicos que eran; la fecha del cual fué en la dicha ciudad de Granada, a 30 días del mes de abril año susodicho de 1492 años”.
A esta gran prueba, que citada por Las Casas, evidencia que los reyes ya reconocieron documentalmente la nobleza de Colón en abril de 1492, es decir, varios meses antes del descubrimiento de América, todavía le podemos anexionar dos documentos más:
En el Archivo de la Corona de Aragón, en Barcelona, se conservan juntamente con la copia cancilleresca de las Capitulaciones de Santa Fe , dos salvoconductos que también en copia de cancillería expidieron los reyes en favor del Almirante y Virrey para que nadie pusiese impedimento para realizar el viaje que en servicio de los Monarcas se proponía llevar a cabo.

El primero de estos documentos es el pasaporte de Colón. En un fragmento de él podemos leer: “Mittimus in presenciarum nobilem virum Christoforum Colon cun tribus caravelis armatis per maria Oceana ad partes Indie” ("Enviamos al NOBLE Cristóbal Colón con tres carabelas por el Mar Océano hacia las Indias").
“Dado en Granada, 16 de abril de 1492.
Yo el Rey. Yo la Reyna.
El Rey i la Reina me ordenaron esto a mi, Juan de Coloma”.
El segundo salvoconducto para el descubrimiento del Nuevo Mundo es una carta de los Reyes Católicos al Soberano de Catay. En este documento se dice: “quare decrevimus nobilem capitaneum nostrum Christoforum Colon presencium latorem...” (“Por ello hemos decidido enviaros a nuestro NOBLE Capitán Cristóbal Colón, dador de la presente...”).
“Desde Granada, 30 de abril de 1492.
Yo el Rey, Yo la Reina.
Coloma, Secretario.
Fue expedida por triplicado”.
Redactadas las Capitulaciones el pacto del silencio se siguió manteniendo por ambas partes, pues ni Colón ni los Reyes nunca jamás en vida hicieron la más mínima mención a su patria de origen y familia, hecho que evidencia la existencia de causas profundas que lo motivaban.
La reina Isabel en su testamento que otorgó en la villa de Medina del Campo el 12 de octubre de 1504 ante el notario y escribano de la Corte Gaspar de Gricio dejó constancia explicita de la prohibición de conferir cargos a extranjeros en Castilla. Este hecho, juntamente con otros muchos, se convierte en sólida prueba que de manera fehaciente desaprueba el supuesto origen genovés del Descubridor. En dicho documento consta:
“Otrosi, considerando quanto yo soi obligada de mirar por el bien comun d'estos mis reynos e señorios, asi por la obligación que como reyna e señora d'ellos les devo como por los muchos servicios que de mis subditos e vasallos moradores d'ellos, con mucha lealtad he reçebido; e considerando asimismo que la mejor herencia que puedo dexar a la Prinçesa e al Prinçipe, mis hijos, es dar orden como mis subditos e naturales les tengan el amor e les sirvan lealmente como al Rey, mi señor, e a mi han servido, e que por las leyes e ordenanças d'estos dichos mis reynos fechas por los reyes mis progenitores está mandado que las alcaydias e tenençias e governaçion de las çibdades e villas e lugares e ofiçios que tienen annexa jurisdicion alguna en qualquier manera e los ofiçios de la hazienda e de la casa e corte e los ofiçios mayores del reyno e los ofiçios de las cibdales e villas e lugares d'el no se den a estrangeros, así porque no sabrían regir e governar segund las leyes e fueros e derechos e usos e costumbres d'estos mis regnos como porque las çibdales e villas e lugares donde los tales estrangeros oviesen de regir e governar no serian bien regidas o governadas ni los vecinos e moradores d'ellas serian d'ello contentos, de donde cada día se recreçerian muchos escandalos e desordenes e ynconvenientes de que Nuestro Señor seria deservido e los dichos mis reynos e los vecinos e moradores d'ellos reçibieran mucho daño e detrimento”.
CONCLUSIÓN: Cristóbal Colón, el verdadero Descubridor del Nuevo Mundo era noble y de sangre real, por lo tanto no pudo ser nunca ni el corsario genovés Cristóforo Colonne ni tampoco el mercader Cristóforo Colombo.
Gabriel Verd
Secretario General de la Asociación Cultural Cristóbal Colón
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