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25.- La muerte del Príncipe de Viana.


Desde que el muy poderoso y temido infante D. Juan de Trastamara, celebró su segundo matrimonio, el infeliz príncipe D. Carlos, primogénito del citado D. Juan y de la Reina Doña Blanca de Evreux, fue perseguido tenaz e inicuamente por su madrastra, Doña Juana Enríquez. Esta persecución subió de punto al nacer el futuro Rey católico D. Fernando.

Noche y día martirizaba a la flamante infanta de Aragón el pensamiento de que el fruto de sus entrañas sería un principillo obscuro y relativamente pobre, mientras que el hijo de la otra, ya Soberano de Navarra y duque francés de Nemours, llegaría a ser, probablemente, conde de Barcelona, señor de muchas ciudades, villas y burgos en Castilla, y Rey de Valencia, Mallorca, Aragón, Sicilia, Nápoles y Cerdeña.

Como era poderosísimo el influjo que ejercía Doña Juana sobre su viejo esposo, éste, que detentaba ya la Corona propiedad de D. Carlos, dio en humillarle con tanta persistencia, que el citado príncipe, no muy conforme con el título de "lugarteniente del señor Rey, su padre", hubo de protestar y acudir a las armas. A semejante extremo fué arrastrado, según se dice, por los beamonteses, que, a fuer de leales servidores y deudos de la casa de Evreux, veían indignados cuanto estaba ocurriendo en Navarra.

Vencido el joven príncipe por las tropas del autor de sus días y prisionero de ellas, fue encerrado primeramente en el castillo de Tafalla y después en el de Monroy; más los aragoneses gobernados por el infante Don Juan en nombre del Rey magnánimo -muy agradablemente entretenido a la sazón en Nápoles, donde tenía una brillante corte de artistas y poetas famosos-, los aragoneses, repito, se declararon tan abiertamente a favor de D. Carlos, que hubo necesidad de acudir a una comisión de notables para que zanjaran las diferencias existentes entre el padre y el hijo.

Al fin, y en virtud del laudo dictado por aquélla, quedó el preso en libertad; mas subsistiendo la aversión de Doña Juana a su entenado, causa de los disgustos entre Don Juan y su primogénito, los partidarios de uno y otro tornaron a ensangrentar el país, hasta que, desbaratados junto a Estella los beamonteses, resolvió D. Carlos trasladarse a Italia para pedir protección al Rey, su tío y al Pontífice.

Tras una corta estada en la capital del mundo católico, sin lograr el amparo de Calixto III, que se desentendió del asunto por vituperable egoísmo, llegó D. Carlos a la ciudad partenopea, donde fue recibido cariñosamente por el magnánimo Monarca aragonés, quien noticioso de que D. Juan, por inducimiento de su esposa, intentaba despojar de la Corona materna al de Viana, escribió al desnaturalizado padre diciéndole que deseaba ser árbitro en sus querellas con aquél.

A fin de conservar los gobiernos de Aragón y Valencia, que en nombre de D. Alfonso desempeñaba, mandó D. Juan suspender el proceso incoado contra su hijo para desheredarle, procuró que cesara la enemistad entre agramonteses y beamonteses y dejó, por lo pronto, de perseguir y maltratar a los últimamente mencionados.

Sabedor de esto el príncipe , preparábase a tornar al país materno cuando, víctima de cruel enfermedad, murió en junio de 1458 el excelente Alfonso V.

En su testamento dejaba a un hijo suyo habido fuera de matrimonio la Corona de Nápoles, y al infante D. Juan, los demás Estados que poseía en España e Italia.

Ni D. Carlos ni su genitor quisieron desacatar las postreras disposiciones del Rey Alfonso, y el primero solicitado para que se ciñera la Corona napolitana negóse rotundamente. Hizo más; no juzgando oportuna por entonces la vuelta al suelo hispano y pareciéndole poco discreto permanecer en la ciudad partenopea, retiróse a un cenobio mesinés, donde se dedicaba al estudio y a escribir algunas de las obras en prosa y verso que han llegado hasta nuestros días, cuando Don Juan, ganoso de vigilarle más de cerca, le ordenó volver a España sin demora.

Obedeció el príncipe, aunque varios amigos y servidores fieles procuraron que no saliera de Sicilia, y con un acompañamiento modestísimo arribó a las costas de Cataluña, desde las cuales se trasladó a Mallorca por haberlo dispuesto así D. Juan últimamente.

Tuvo en Palma tantos disgustos, que al poco tiempo embarcóse con dirección a Barcelona; pero noticioso de que sus partidarios, que eran infinitos en la antigua ciudad de los Condes, le preparaban un recibimiento entusiasta, no quiso entrar en ella temeroso de enojar al Monarca aragonés, y se alojó en un convento de las cercanías, desde el cual escribió al Rey excusándose de haber salido de Mallorca y manifestándole que deseaba hablar con él y con la Reina para convencerles de su filial afecto.

Repugnaba a la Enríquez ver a su entenado, mas para complacer a D. Juan, que había resuelto entrevistarse con su hijo, decidió acompañar al Rey a Barcelona, y al llegar a Igualada salió el príncipe a recibirlos, y puesto de hinojos les besó las manos, correspondiendo ellos muy afectuosamente a tales manifestaciones de respeto y cariño.

Seguidamente entraron en la urbe laletana, que les agasajó sobremanera y durante algún tiempo, no mucho en verdad, vivieron los tres como correspondía a padres e hijo.

Rompióse la concordia por haber averiguado el último que D. Juan pensaba desheredarle. Este proyecto indigno movió a Don Carlos a ponerse de acuerdo con sus parciales aragoneses, navarros y catalanes y a reanudar antiguos tratos con el Rey de Castilla, con cuya hermana, Isabel, deseaba casarse.

El almirante D. Fadrique, padre de la Reina, participó a su yerno que nuestro Enrique IV se mostraba favorable a dicho matrimonio, y como D. Juan, que se hallaba en Lérida presidiendo unas Cortes, supiese, casi al mismo tiempo, que los beamonteses se apercibían a la guerra y que igual cosa hacían en Cataluña y Mallorca los partidarios del príncipe, ordenó a éste que se presentase al punto en aquella ciudad.

Repitiéndose el caso de Sicilia, aconsejaron a D. Carlos sus íntimos desobedeciera el mandato paterno, y aún hubo quien le dijo "que era de temer le diesen un bocado de mala digestión"; mas el príncipe se empeñó en ir a Lérida, donde, seguidamente de oír todo linaje de improperios, fue encerrado en un castillo o fortaleza real.

La noticia de lo ocurrido desagradó al Monarca castellano, exasperó a los nobles beamonteses e indignó hasta tal extremo a las cortes barcelonesas, que no tardaron en enviar a D. Juan II embajadores pidiéndole la libertad del preso y pintándole, sin ninguna clase de eufemismos, los males enormes que podría originar la conducta observada con aquél.

Contestó el Soberano altivamente: mas como numerosos sublevados, provistos de cañones, se dirigiesen a Lérida, él, la Enríquez y toda su corte viéronse en la precisión de huir a Fraga y más tarde a Zaragoza. Supo aquí D. Juan que en Valencia, Sicilia y Mallorca varios pueblos levantaban bandera para defender a D. Carlos, y determinó sacarle de la prisión donde le tenía y encargar a Doña Juana le condujera a Barcelona, como si únicamente a ruegos de aquella odiosa mujer le hubiese puesto en libertad.

Los catalanes, que sabían perfectamente a qué atenerse respecto al asunto, no consintieron que la Reina pasase de Villafranca, población en la cual fue entregado el príncipe a sus familiares y amigos.

Divulgóse este acontecimiento rápidamente por España entera, y en todas partes produjo verdadero alborozo. Don Carlos, que entró en Barcelona triunfalmente, pretendió entonces que sus adeptos dejasen las armas, mas ellos se negaron a complacerle ínterin D. Juan no le confiase los gobiernos de Cataluña y del Rosellón y le reconociese en público como su primer heredero.

Obligado por las circunstancias, suscribió el Rey tales condiciones, que no tuvo tiempo de vulnerar, como seguramente era su intención secreta, pues una enfermedad que sumió a media Europa en doloroso estupor acabó con el príncipe en escasos días.

Antes de que falleciese, algunos de sus afines, que sospechaban un terrible misterio en la mortal dolencia que padecía, le aconsejaron que se casase con Doña Brianda Vaca, y legitimando a su bastardo Don Felipe destruyese las maquinaciones de la madrastrona. Otro cualquiera habría puesto en práctica semejantes consejos, más el moribundo supo resistirlos y expiró manifestándose pesaroso de haber peleado contra su padre y pidiendo perdón a cuantos hubiese perjudicado con motivo de tal pelea.
Los continuos disgustos y cavilaciones, dice un historiador, habían quebrantado la salud de aquel infeliz, que ya durante su prisión última necesitó asistencia médica.

Imaginando que le hubiesen dado hierbas malignas, se dispuso que le hicieran la autopsia. Halláronle los pulmones podridos, y como falleciese a la sazón un sirviente que probaba cuanto D. Carlos comía le encontrasen dichas entrañas igual que las de su amo, generalizóse la creencia en el envenenamiento del príncipe.

Zurita, enemigo de falsear verdades, y Mariana, poco dispuesto a disimular las infamias de los poderosos, entienden que Su Alteza murió a causa de los trabajos y congojas de su atormentada vida. El pueblo, que le amaba, dio en llamarle santo y aún intentó que Roma le canonizase, porque se decía que sus restos sepultados en Poblet obraban milagrosas curaciones.

Don Carlos de Viana escribió varias obras en verso y en lenguaje prosado. Entre ellas son dignas de mención el Libro de los milagros de San Miguel de Excelsis y la Crónica de Navarra.



José Fernández Amador de los Ríos
Blanco y Negro (Madrid, 1933)


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